
Parte 1 El Cristo de Bojayá
Jeison, según él mismo cuenta, nació en Bojayá, Chocó, por ahí hace unos catorce años. La única memoria de su vida en el Chocó es la cara de su madre y el miedo de sus hermanos agolpados entre una multitud.
“Por ahí me han contado como es la historia pero a mí no me gusta hablar de eso,” me dice acostumbrado: poniendo un escudo, protegiéndose del pasado, del horror, de la tristeza.
La historia da cuenta de aquella tragedia que sacudió al país hace casi diez años y no soy capaz de insistirle, de preguntarle si escuchó balas, si recuerda a su mamá o cómo estaban vestidos. Yo me acuerdo bien porque durante mi tiempo estudiando en Australia pasaba los fines de semana leyendo la prensa colombiana y las columnas de opinión en Internet.
Desde Turbo, al norte, llegó por el Atrato un bloque de Paramilitares dispuesto a disputarle el territorio a la guerrilla de las FARC. Se establecieron en Vigía del Fuerte, municipio antioqueño a orillas del río, situado enfrente de Bojayá, municipio perteneciente al Chocó, ubicado sobre la margen occidental del Atrato.
Los lugareños se preocuparon de inmediato porque el río normalmente era controlado por la guerrilla para gravar el transporte de madera y de banano, y para mover sus propios cargamentos sin problema. Dicen que avisaron a las autoridades en Medellín y en Quibdó, capitales departamentales. La sensación en los dos poblados era tensa pero nada avizoraba una tragedia.
Pasaron así diez días, entre las lluvias, las calles de barro y la esperanza. Quizá en cualquier momento los ‘Paras’ se irían antes de confrontar a las FARC en inferioridad numérica. Pero el primero de Mayo, Miércoles feriado, el ruido de las gotas sobre los tejados fue remplazado por las ráfagas de balas en las afueras de Vigía del Fuerte. Había llegado la guerrilla a defender su territorio.
Entendiendo la situación los ‘Paras’ se replegaron hacia Bojayá, cruzando el río para acomodar sus posiciones y evitar quedar atrapados entre la orilla y su enemigos. Y así las balas empezaron a fluir de un lado al otro. Por la noche la guerrilla aprovechó el tiempo preparando bombas en cilindros de gas vacíos y disparando ocasionalmente ante cualquier movimiento.
Con la primera luz arreció la balacera y entre la lluvia pertinaz corrían los habitantes del pueblo a refugiarse en la iglesia. Estaba previsto por la población que este sería el lugar más seguro y que los armados no harían de él un objetivo.
Al interior del templo, cada vez más lleno de gente, había familias enteras: mujeres, niños, ancianos. Muchos lloraban, otros rezaban y algunos charlaban entre sí, con el eco de explosiones y balas permanentemente llegando al interior de la iglesia y haciendo vibrar las láminas del precario techo.
Entre la lluvia un cilindro voló por los aires y detonó sobre la iglesia, destruyéndola y destruyendo la vida de 120 personas para siempre. Marcando a los pocos que sobrevivieron y alimentando la conciencia colectiva del terror mundial. Un reportero inmortalizó la tragedia en la imagen inmóvil de un Cristo padeciendo. El dolor, la pena y el simbolismo de Jesús. Su cara compungida y su cabeza recubierta de sangre y escombros. Su torso resquebrajado, sin brazos y sin vida.
Jeison despertó en un hospital de Medellín de donde un tío lo sacó cuando se recuperó de sus heridas. Nada de esto me lo cuenta y solo con mirarlo sé que lo vivió en carne propia cuando apenas tenía cuatro años. Solo se ríe mientras le tomo fotos y me pregunta si le puedo tomar una frente al muro con la bandera del equipo. Hace calor en La Dorada y mientras cruzamos el campo de juego me imagino los días de su infancia en Medellín.
“Yo venía subiendo para mi casa, y ese día me acuerdo que estaba a punto de llover, cuando escuché como un llanto de niño y me pareció raro porque no se veía a nadie. Entonces, yo fui y me acerqué a ver cuál era la vaina y vi al pelado sentado contra un tronco llorando con los ojos lagañosos y rojos, un morenito bien flaquito, en pantaloneta y camiseta, pero sin los bracitos.”
La escena me la describe Jairo mientras menea la cabeza como expresando un ‘no’. Piensa por un momento, recuerda y luego continúa. “El niño me miraba y se limpiaba las lágrimas con las rodillas. Yo le pregunté si estaba bien y de inmediato respondió llorando: ¡Se fueron y me dejaron acá!”
Los tíos de Jeison lo abandonaron a los 8 años. El niño nunca supo explicarlo pero Jairo asume que eran gente muy humilde. No se explica por qué en vez de darlo en adopción lo abandonaron. “Yo me compadecí del pelado. En cualquier momento caía el aguacero y no iba a dejarlo ahí tirado.
“Mi señora me regañó esa noche, que esto, que lo otro, que uno no podía andar corrigiendo las maldades de los demás y que ni sabíamos quién era, de dónde venia y si era gente de confiar. Pero ella también se compadeció del Jeison y le preparó comida y le prometió que lo ayudaba a buscar a su familia.”
Pasaron los días y la esposa de Jairo logró averiguar poco y nada sobre la familia de Jeison. Incluso llamó al Bienestar Familiar desde un teléfono prestado pero ellos tampoco averiguaron mayor cosa y la mujer tampoco les llevó al niño.
“Nos acostumbramos a él, y él se fue acostumbrando a nosotros” Cuenta Jairo. “Al comienzo era muy callado y después se fue soltando y se le veía esa sonrisa cuando estaba contento.” Con el tiempo notó el gusto de Jeison por el fútbol pero le pareció algo normal incluso que Jeison lo esperara en la puerta de la casa cada tarde para contarle los goles que había metido en la misma cancha del barrio donde se conocieron.
“Un Domingo bajábamos a caminar con mi señora y vi que los muchachos mayores del barrio lo llamaban al peleado.¡Vení, parcerito! ¡Vení pues, que nos hace falta uno!” Los ojos de Jairo se iluminan mientras recuerda ese día. “Eran más grandes que él pero Jeison salió corriendo de una y me di cuenta que ya lo conocían.
“Nosotros nos sentamos en una banca a mirar un rato y a charlar. Cuando escucho la voz del pelado gritando un gol y corriendo de vuelta a la mitad de la cancha: ¡Ahí si me puse las pilas! El muchachito era rapidísimo. ¡Claro, con esa zancada que tiene! Se metía entre los defensas con el balón pegado a los pies, y no lo podían parar y se regañaban entre ellos.”
Cuenta Jairo que su hermano había sido futbolista, y que aún se mantenía vinculado al fútbol en un equipo de barrio. “Cuando le conté eso a Jeison se le iluminaron los ojos y me dijo que quería conocerlo. Pero Fran vivía en La Dorada. Mas sin embargo yo lo hablé con él un día por teléfono. Pensé también que sería bonito vernos en familia pa’ las navidades pero mi hermano me propuso que nos mudáramos los tres para allá, que él nos ayudaba.”
Los días y las noches de Jeison se alimentaban con la ilusión de conocer a Fran. Todos los días le preguntaba a Jairo si viajaban, si venia Fran, y que cómo era, de qué jugaba. Su padre adoptivo vacilaba. Era peligroso alimentar las esperanzas de un niño al que el destino solo le había puesto obstáculos en la vida. Pero también se había convertido en su hijo. Empezar de nuevo en La Dorada no iba a ser fácil.
“A mí me preocupaba era el tema del trabajo allá en La Dorada pero mi hermano sabe convencerlo a uno y la verdad es que Medellín no es nada fácil y Jeison estaba creciendo. Las malas compañías aparecen solas en el barrio.”
Tomada la decisión, la familia organizó sus cosas para la mudanza y finalmente dejaron atrás la ciudad. “Usted no se imagina el paseo hacia La Dorada, con las tres maletas llenas y el Jeison pegado al vidrio mirando y mirando: que papá que mire esa montaña, que papá que se me taparon los oídos, que papá y así… una ilusión muy bonita la verdad.”
Al llegar, Fran les tenía todo preparado: una pieza grande en alquiler, una oportunidad en un taller para Jairo y un puesto de mesera para su esposa. “Nosotros nos fuimos acomodando. Mucho calor, pero era bueno estar con mi hermano y el Jeison vivía feliz que nos alegraba a nosotros también.”
Parte 2 Yugoslavia F.C.
Cuentan los que conocieron al ‘Profe’ que era un hombre de cara seria y mejillas rosadas. De piel clara y pelo blanco como el arroz. Sufría por el calor pero nunca se quejaba. Andaba siempre de sudadera azul y camiseta blanca tipo ‘polo’. Si bien no era una persona muy social, da la impresión que era querido y respetado en La Dorada.
“El Profe Iván, llegó a Colombia comenzando los 80′s. Acá en el pueblo algunos decían que era polaco, que era ruso, pero él era yugoslavo y siempre me lo recordaba y me hablaba de su tierra. Él empezó de técnico en Barranquilla pero después dio la vuelta a Colombia trabajando en muchos equipos. Tenía mucha experiencia, también había dirigido en Ecuador, en Perú y allá en su país.”
Fran me habla de Ivan Jelavic. Me habla pero me mira poco a los ojos, solo a veces para comprobar que le estoy poniendo atención. Se oscurece la tarde en La Dorada, el aire huele a lluvia y se ven nubarrones a lo lejos. Estamos en el zaguán de su casa, compartiendo unas cervezas frías y sentados en unas sillas de plástico blanco.
“El Profe se casó en Cali y cuando se retiró se vino con su esposa que tenía familia acá. Apenas llegó vio que no había un equipo organizado y empezó a reunir muchachos en el parque y a darles clases de fútbol. Quiso formalizar el equipo bajo el nombre del Karlovac pero nadie le hacia caso así que propuso llamarlo Yugoslavia.”
“Con el tiempo consiguió apoyo del municipio y le cedieron un terreno pa’ armar la cancha. Al Profe le sobraba tenacidad. Era un tipo recto y odiaba las cosas a medias y a la gente incumplida. Él mismo marcó las medidas de la cancha y contrató a un jardinero para que mantuviera el campo. El distrito apoyaba un poco y un político les regaló balones y los primeros uniformes blancos.”
La historia de Fran no deja de interesarme y me quedo pensativo mientras él entra a la casa. Regresa con una foto del equipo en 1997. Son unos quince muchachos de piel bronceada en uniforme, ubicados en tres filas y en orden de estatura. El Profe aparece a la izquierda del retrato con un tablero en la mano, una sonrisa sutil y unas gafas oscuras de lentes cafés.
“Yo jugué casi toda mi carrera en el Quindío pero me retiré en el Caldas. Ahí un compañero me dijo que por qué no montábamos un negocio, que él tenía amigos acá en la Dorada, y así fue como llegué. Me quedaba plata del fútbol pero apenas unos ahorros y eso lo invertí en el Hotel de Paso las Palmas donde se está quedando usted.”
El negocio fue dando sus frutos. La constante llegada de negociantes pequeños daba suficiente dinero para mantener bien puesto el hotel, y ahorrar un poco. Con el tiempo Fran montó un restaurante que administraba su esposa y le compró la mitad del hotel a su antiguo socio.
“Yo al Profe no lo conocía personalmente pero como todo el mundo, sabía quien era. Un día, seguro enterado que yo había sido jugador o quién sabe, el se pasó por el hotel para ver si yo le colaboraba con algún patrocinio para los muchachos. Yo le fui preguntando cosas del equipo pa’ que me contara. En realidad a mí me estaba quedando tiempo libre, tenía un administrador en el hotel y entonces le hice un ofrecimiento. Le dije que si él quería su patrocino me tenía que aceptar de asistente también.”
Con la ayuda de Fran construyeron un camerino sencillo pero con agua corriente y baños. Después, el municipio vino a pintar la fachada con los colores de la localidad y enfureció al Profe. “Es que los colores de La Dorada son los mismos de Polonia y el equipo se llama Yugoslavia.” Así que una noche Fran y el Profe fueron con uno de los muchachos y pintaron una franja azul a lo ancho del muro.
El paso de los años es evidente. El camerino se ha avejentado y la pintura está sucia con tanto polvo que levanta la cancha. Si bien no cuenta con un césped ideal para el fútbol, la cancha está rodeada de palmas altas y frondosas que se ven desde la carretera. Fue el Profe quien las mando sembrar y Fran quien las financió. Para entonces, finalizando los noventa, eran más que una dupla técnica, eran grandes amigos.
“Cuando se le murió la esposa mi señora y yo lo invitábamos a la casa al final del día a charlar y pasar el rato. Siempre almorzaba en el restaurante y nunca se dejaba invitar. A pesar de que ganaba poco con el equipo el seguía para adelante de puro cariño que le tenía al fútbol y a la formación.”
Los ojos de Fran ahora se ven tristes y me ha tomado confianza. Lucero, su esposa, nos ha traído unos patacones para acompañar las cervezas. Desde la casa huele a pescado frito y sospecho que estoy incluido en la cena. Parecen gente amable, tranquila y sin misterios.
“Al Profe le aprendí muchísimo. Cuando veíamos en la tele a la selección él sacaba una libreta y me daba toda la explicación de lo mal que había jugado Colombia aún así hubiéramos ganado. Cuando yo salía en defensa de algún jugador, al final siempre terminaba regañado. Pero él sabía mucho de táctica y además me enseñó la conducción, el manejo de grupo y cómo ordenar los entrenamientos.”
Fran vacila, mira hacia adentro de su hogar, se agacha apoyando los codos en sus muslos y junta las manos. “Un día, estábamos recogiendo las cosas del entrenamiento y de repente llegaron unos tipos armados en dos camionetas. Nos encañonaron, me pegaron un culatazo a mí y al Profe se lo llevaron diciendo que era izquierdista. Eso fueron los paras seguramente pero yo nunca entendí por qué. Nunca apareció; seguro me lo mataron al viejo.”
Está a punto de llorar. Se tapa los ojos y se los restriega.
“Cuando lo de la guerra allá en su país él nunca dijo mucho. Ahí me contó que su familia era de Croacia, pero que a Yugoslavia él la sentía como su tierra y que la guerra no valía la pena. A veces llegaba triste a entrenar y como trasnochado de aguardiente. Pero no contaba nada y a mí me daba vaina preguntarle…
“Algunos días se ponía furioso con los pelados cuando no hacían bien los pases o le erraban al arco. Es que él era muy exigente. Había tardes que se retiraba diciendo ¡No se puede, no se puede! como frustrado, pero al día siguiente estaba de primero en la cancha poniendo los conos como siempre.”
En las paredes del comedor hay cuadros de Fran en su días de futbolista y fotos de familia. Hay una en la que salen él, Jairo y Jeison riendo en una mesa del restaurante. Se les ve felices.
“Cuando llegó el muchacho con mi hermano Jairo, no hizo falta que le hiciera un cupo en el equipo. Él de inmediato empezó a destacar por sus ganas, su calidad y su alegría. Cuando algunos ya estaban cansados, él aún estaba sonriente y activo. Ahora es la figura incluso jugando contra mayores pero se nota cada vez más que sin brazos no le va a alcanzar para ser profesional.”
Es tarde, yo estoy a punto de despedirme y caminar hasta el hotel para descansar y dormir bien antes de arrancar de nuevo el viaje hacia la costa. Pero Fran todavía quiere hablar.
“Él se ilusiona, el Jeison, cuando yo le cuento a los muchachos el gol que le marqué a Millonarios en el Campín. Eso fue cuando Millonarios tenía un equipazo a final de los 80. Yo como soy alto subí a cabecear un córner. La pelota la cabeceó un compañero hacia el arco y la tapó ese arquerazo argentino que tenían. Mientras el defensa se fue a dar vuelta me cayó a mí la pelota y la puntíe al fondo de la red. El público se quedó en silencio y solo se oía la alegría de mis compañeros.
“Yo lo veo al muchacho y me da una rabia lo que le hicieron. Saber que nunca va a celebrar un gol así, con lo brazos en alto, o abrazado con el equipo. Incluso una vez que metió un golazo, me tocó voltearme pa’ que no me vieran los pelados con los ojos aguados. Es que el Jeison estaba corriendo con la cabeza abajo y haciendo como la celebración del avioncito.”
Me despido agradecido por la cena y por haberme dejado entrar en sus vidas. En ese apretón de manos y esas palmadas en mi espalda está la certeza de una historia que no escapará nunca de mi memoria. En esas cuadras hacia el hotel está la ausencia del Profe madrugando cada mañana y regresando de donde Fran hacia su casa.
Ivan Jelavic no alcanzó a conocer a Jeison, y nunca vio la tribuna que levantó el municipio después de muchas promesas. Hoy, el estadio lleva su nombre y es ahí donde Jeison, el pequeño Cristo de Bojayá, marca sus goles.
por Stany Sirutis @RetoricaFutbol
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Comentario del Autor: Este cuento fue enviado en Julio de 2012 al Premio Nacional de Cuento La Cueva 2012 sin mayor éxito.
Hace pocos meses el portal Futbolred publicó la historia de Yesmin Ramírez, futbolista sobreviviente de la masacre de Bojayá y quien tuvo como instructor a un técnico de origen Serbio. Coincidencia impresionante que invita a pensar en la forma en que la ficción toma cosas de la realidad y las exagera. No pasa de ser una coincidencia pero espero que este cuento sea motivo para no olvidar los terribles sucesos de Bojayá ni el dolor de las victimas.